Ramblings from a quiet mouse

20/06/19

Era una tímida tarde de verano cuando Verónica abrió los ojos y salió a la superficie. Odiaba la luz del día, pero no le quedaba más remedio que levantarse a esa hora si quería llegar a tiempo a la pescadería, que cerraba a las cinco. Se puso su capa y cogió el metro hasta unas cuantas paradas más tarde, donde se bajó. Decidió que ya iría a la pescadería otro día, que tampoco le gustaba tanto el pescado y que prefería dar un paseo por las polvorientas calles de Londres, una actividad que siempre le producía una curiosa sensación de felicidad en la contemplación, como si dentro de ella existiera la máxima felicidad y la mejor manera de desencadenarla fuera sumirse en sus pensamientos y dejarse llevar.

Cuando abrió los ojos estaba volando de nuevo. Maldijo, rezando para que nadie le hubiera visto, no quería volver a meterse en problemas. Sin embargo, los problemas la estaban esperando a 500 metros por debajo del nivel del mar, donde dos jirafas conspiraban contra nuestra protagonista. Sin embargo dejaron de ser un problema rápidamente, enzarzándose en una acalorada discusión sobre cierta obsesión del autor hacia el determinante “nuestra” para referirse a un personaje que claramente no es propiedad universal, discusión que terminó con tres muertos, un cuello torcido y un ensayo filosófico de 1000 páginas sobre la influencia de Marx en la dialéctica del autor, que reaccionó poniendo los ojos en blanco y evitó cualquier referencia al suceso durante el resto del relato.

Mientras todo esto pasaba, Verónica continuaba suspendida en el aire porque el autor no es capaz de mantener abiertas dos líneas argumentales al mismo tiempo. Por suerte, el autor volvió antes de que esta se desmayara del esfuerzo físico que supone mantenerse completamente inmóvil suspendida a 1 kilómetro del suelo, y pudo descender sin que nadie pareciera observar nada.

Y nadie observaba nada porque no había nadie. Ciertos personajes parpadeaban hasta tomar una consistencia cuando Verónica iba a interactuar con ellos, pero desaparecían en cuanto ya no eran de ningún uso para la historia. Es como si alguien estuviera manipulando este mundo para su propio antojo, pensó Verónica en voz alta, y pienso encontrarlo.

El zorro atisbó entonces de su madriguera, justo a tiempo para observar un cervatillo retozando entre los matorrales. Aun con cierta somnolencia, el animal se recordó que estaba en semana de exámenes y que si no se levantaba llegaría tarde a clase. Arrastrándose fuera de su agujero experimentó un instante de contemplación universal, en el que creyó atisbar una vida pasada, con grandes cubos de cemento y un extraño animal bípedo volador descendiendo de entre las nubes. Instantes después, sin embargo, su propio cansancio y el peso de la rutina le habían hecho olvidar su particular visión y, arrastrandose, llegó hasta el cervatillo, al que saludó primero y devoró después. Los examenes estan muy bien, pero la carne cruda es siempre mucho mejor, meditó. Después volvió a su escondite y volvió a adormilarse.

Miró el reloj. Había pasado media hora y aún ni siquiera había empezado a trabajar. Que desastre. Es increíble lo fácil que es perder el tiempo hoy en día con todas estas distracciones a nuestro alrededor, pensó. Cómo no estarlo cuando tu cerebro produce mucha más dopamina cuando te distraes con el móvil que cuando haces lo que realmente deberías llevar haciendo toda la tarde. En realidad de alguna forma somos presas de nuestros cerebros… “Chicos, nos han descubierto”, exclamaron un conjunto de neuronas que eligieron ese momento para perforar el cráneo y escapar corriendo. El resto de receptores neuronales no tardaron en seguir a los fugitivos a un lugar seguro. A sus espaldas, un nuevo video de YouTube se reproducía en el monitor.